El amor de la cruz – Pastor David Jang

Este escrito se basa en la palabra de Juan 13:1: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. Aquí se presenta una reflexión bíblica sobre el sufrimiento y el amor, especialmente en el tiempo de Cuaresma, subrayando que el verdadero sentido del sufrimiento de Jesucristo se encuentra en su “amor hasta el fin”. A la luz de los pasajes bíblicos propuestos en el Salmo 119, Romanos 5, Filipenses 1 y 3, Colosenses 1, 2 Timoteo 1 y 2, y 1 Pedro 2 y 4, se enfatiza que el sufrimiento de Cristo no es una “maldición o desgracia”, sino el “camino que conduce al amor”. Además, se destaca que, a pesar de que los discípulos en la Última Cena seguían presos de los valores mundanos, discutiendo sobre quién era mayor, Jesús los amó “hasta el fin”. De este modo, también nosotros, a través de la humildad y el servicio, podremos experimentar la vida eterna y la gloria de la resurrección. En esta línea, el pastor David Jang insiste en que no debemos contemplar el sufrimiento de Jesús únicamente como tristeza o compasión humana, sino que debemos comprender y practicar la esencia de su maravilloso amor y servicio, pues en ello reside la clave del verdadero discipulado. A continuación, se presenta un resumen en dos partes: primero, “El significado del sufrimiento y el amor de Cristo”, y segundo, “La aplicación práctica de ‘los amó hasta el fin’”.


I. El significado del sufrimiento y el amor de Cristo

Cada Cuaresma, meditamos de un modo especial en el sufrimiento que soportó Jesús. El pastor David Jang señala que este tiempo no consiste simplemente en contemplar con tristeza el padecimiento de Jesús, sino en aprovechar la oportunidad para comprender el amor de Dios, un amor trascendente y eterno que se revela en ese sufrimiento. La última cena de Jesús, registrada en Juan 13, marca el inicio del camino hacia la cruz de Cristo. Juan da testimonio de que Jesús amó a los suyos hasta el fin (Jn 13:1). El término “hasta el fin” no se limita a un aspecto temporal ni a condiciones externas, sino que se trata de un “amor pleno”, y ese amor es justamente el mismo camino que lleva a la cruz.

Según la enseñanza del pastor David Jang, lo que a simple vista llamamos “sufrimiento” puede considerarse “maldición” o “prueba dolorosa” desde la perspectiva humana, pero, desde la mirada de Jesús, constituye una “decisión de amor” hacia la humanidad. Jesús no esquivó el sufrimiento, sino que escogió el camino de la cruz para cargar con el pecado y la limitación humanos. A través de ese proceso, reveló el amor de Dios y su voluntad de salvar al mundo. La Biblia afirma que este sufrimiento nos aprovecha. El Salmo 119:67 declara: “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra”, y el versículo 71 añade: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos”. Es decir, el sufrimiento actúa como un medio para comprender en profundidad la Palabra de Dios.

El pastor David Jang también interpreta Romanos 5:3-4 —“nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza”— en la misma línea. A medida que atravesamos el sufrimiento humano, llegamos a conocer más profundamente el amor de Dios. Participar en los padecimientos de Cristo no significa simplemente afrontar el dolor, sino descubrir la profundidad del servicio, la gracia y el perdón que Jesús manifestó hacia los pecadores en ese mismo sufrimiento. Filipenses 1:29 declara: “Porque a vosotros os es concedido, a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él”. Aquí se encierra la paradoja de que el sufrimiento de Cristo puede convertirse en vía de bendición y gracia.

Asimismo, Filipenses 3:10-11 muestra cómo Pablo consideraba el sufrimiento un “camino sagrado” para participar en el “poder de la resurrección de Cristo”: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos”. De esta manera, el sufrimiento nos ofrece la oportunidad de imitar la entrega absoluta de Jesús en la cruz, su humildad y su servicio. En Colosenses 1:24, Pablo afirma: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia”. Así demuestra que el sufrimiento puede edificar la Iglesia y servir a la comunidad. Esto coincide con la afirmación del pastor David Jang: “El sufrimiento no se vive en solitario, sino que es una expansión del amor y una oportunidad de servicio”.

En 2 Timoteo, Pablo exhorta repetidamente a sufrir juntamente con el evangelio (2 Ti 1:8; 2:3). Detrás de esta exhortación subyace la comprensión teológica de que el sufrimiento de Cristo ya contiene el sentido positivo del “amor de Dios”. Por lo tanto, los discípulos no deben dejarse llevar por el temor ni rehuir el sufrimiento, sino más bien seguir el camino del Señor que se encuentra en medio de él. 1 Pedro 2:20-21 y 4:13 indican que sufrir por hacer el bien es algo hermoso ante los ojos de Dios, y participar en los padecimientos de Cristo conlleva gran gozo cuando se manifieste la gloria del Señor. El pastor David Jang lo expresa así: “El sufrimiento es algo inevitable en la vida cristiana y, al final, nos conduce a la gloria de la resurrección”.

Ciertamente, existe una brecha importante entre comprender intelectualmente esta enseñanza y aplicarla a la vida real. Aun cuando la Biblia menciona repetidamente el sufrimiento, en la iglesia actual muchos creyentes no logran una comprensión adecuada de este tema. El pastor David Jang enfatiza con frecuencia la máxima “no hay gloria sin sufrimiento”. La obra salvadora de Cristo en la cruz consiste en que precisamente ese sufrimiento testifica de un modo contundente el amor de Dios hacia los pecadores. Por eso, si la Iglesia interpreta el sufrimiento con demasiada ligereza, como si fuera solo castigo o maldición, corre el riesgo de perder de vista el núcleo del evangelio: “El amor de Cristo hasta el fin”. El relato del Evangelio de Juan describe la actitud de Jesús, que “amó hasta el fin” a los suyos, revelando de manera patente su “voluntad de aceptar el sufrimiento”.

El pastor David Jang destaca que la frase de Juan 13:1, “los amó hasta el fin”, no está supeditada a una limitación de tiempo (“hasta el fin” = hasta el último instante), ni se ve restringida por sacrificios o renuncias. Es decir, aunque los discípulos se equivocaran y huyeran, e incluso llegaran a negar a Jesús, su amor nunca dejó de dirigirse hacia ellos. El punto máximo de ese amor es el sacrificio de la cruz, el cual prueba que el sufrimiento de Jesús no es maldición, sino amor. El sufrimiento se revela, finalmente, como el “precio que se paga por amar”.

Al examinar Juan 13, vemos cómo desde el versículo inicial se anuncia la decisión de Jesús. La frase “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…” indica que Él conocía muy bien la muerte próxima y dolorosa que le esperaba. Esa muerte significaba una terrible ejecución en la cruz. Aun así, Jesús eligió amar hasta el fin a los suyos que estaban en el mundo, un amor que, desde la perspectiva humana, es difícil de entender, pues trasciende toda lógica. El pastor David Jang señala: “Si uno ama de verdad, no rehuye el sufrimiento que viene como consecuencia de ese amor. Porque el amor, en su misma esencia, conlleva sacrificio y entrega por el prójimo”. Así, el sufrimiento de Jesús es el acontecimiento que expresa de manera más concreta su amor: el amor de quien se abaja y vive como siervo.

Además, si leemos Mateo 20 y Lucas 22, hallamos la escena en que los discípulos discuten sobre quién es el mayor. A pesar de haber sido objeto de ese amor “hasta el fin”, aún permanecían atados a los valores terrenales, deseando la posición más alta. Es notable cómo en Mateo 20:20-27, Jesús declara que en el mundo los gobernantes se enseñorean de sus súbditos, pero en su reino es diferente. El pastor David Jang dirige la atención a este pasaje, insistiendo en que “en el mundo se ansía el poder y el prestigio, pero en el reino del Señor sucede lo contrario”. El auténtico discípulo se humilla para servir a sus hermanos, y en ese hecho encuentra su verdadera gloria.

En la escena del lavado de pies durante la Última Cena (Jn 13:4-5), Jesús representa este principio en forma concreta. Ningún discípulo quiso hacerse cargo de la función de siervo, pero Jesús, quitándose el manto y atándose una toalla a la cintura, lavó los pies de sus discípulos. Se trataba de la tarea más baja, propia de un esclavo en la cultura de Oriente Medio de aquella época. Nadie quiso hacerlo primero, pero el Señor mismo lo hizo para mostrar que el amor no se manifiesta con meras palabras, sino que se evidencia a través del servicio. El pastor David Jang comenta: “La Última Cena ocurrió en un momento sumamente crítico, poco antes de consumarse la salvación de la humanidad. Sin embargo, el Señor enseñó a los discípulos que la cuestión importante no era ‘quién es mayor’, sino ‘quién está dispuesto a servir como un siervo’”.

La escena que abre Juan 13, en la cual Jesús inicia su camino de sufrimiento, no es simplemente un cuadro de dolor, sino un “escenario dramático que revela al Dios que ama hasta el fin”. Jesús no anunció ese amor con palabras vacías: Él mismo se hizo el más humilde. Ese es el espíritu del camino que conduce a la cruz. Gracias a que Jesús cargó la cruz, los pecadores obtuvimos la vida eterna y quedó grabado en la historia que el amor de Cristo es fiel e inmutable. En este sentido, el pastor David Jang enseña que la vida cristiana consiste en “no soltar el amor ni siquiera en medio del sufrimiento” y, a su vez, “dar testimonio de ese amor a través del servicio”. La cruz es sufrimiento, pero también es amor. Y la vida que brota de ese amor es la “vida eterna”.


II. La aplicación práctica de “los amó hasta el fin”

Como hemos visto, el sufrimiento de Cristo es la cumbre de su amor, y la cruz el lugar donde se revela al “Dios que ama hasta el fin”. El pastor David Jang subraya repetidamente la importancia de llevar a la práctica esta verdad bíblica en la vida cotidiana de la iglesia y de los creyentes de hoy. Así como Jesús respondió al afán mundano de los discípulos —“¿Quién es mayor?”— lavando sus pies, nosotros también necesitamos una aplicación concreta para vivir el “amor hasta el fin”.

Jesús dijo a sus discípulos: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros” (Jn 13:14). Ser discípulo significa, por tanto, seguir el ejemplo de nuestro Maestro. Sin embargo, en nuestro interior permanece el deseo de compararnos, de buscar la posición más alta, de querer ser servidos antes que servir. El pastor David Jang señala: “En la iglesia de hoy subsisten ambiciones de honor, poder y reconocimiento. Pero en el reino del Señor, el mayor es quien se hace siervo y se rebaja para servir. Necesitamos experimentar un cambio radical en nuestros valores”.

¿Cómo podemos imitar a Jesús, que “amó hasta el fin”? Primero, debemos comprender que el amor no consiste en sentimientos o palabras, sino en “una voluntad firme de no rendirse y de entregarse a favor del otro, aun en situaciones difíciles”. En Juan 13, Jesús conocía la disputa de los discípulos acerca de quién era mayor y, más aún, sabía que uno de ellos iba a traicionarlo (Jn 13:2, 21-27). Pese a ello, los amó hasta el fin. Esto demuestra que el amor no depende de la reacción ni de la bondad del otro. El amor es mi deber, mi responsabilidad, y aunque conlleve sufrimiento, es un llamado que no debo rehuir. El pastor David Jang afirma: “El amor no debe tambalearse aun cuando la otra persona no responda a la altura. El amor que Jesús mostró a sus discípulos, y a toda la humanidad, es precisamente ese tipo de amor”.

El amor que mostró Jesús se hace tangible a través del “servicio práctico”. Lavar los pies no era un simple gesto simbólico para exhibir humildad: en una época en la que se andaba largas distancias bajo el sol, el lavado de pies era una atención realmente necesaria. Jesús no dijo “los amo” y se quedó en palabras o buenos deseos, sino que fue más allá para suplir la necesidad real de sus discípulos. Esto puede trasladarse a nuestra práctica en la iglesia: cuidar unos de otros, ayudar con dedicación a familiares y vecinos, y atender las necesidades de los demás en diversas áreas de la vida. El pastor David Jang señala: “El amor verdadero siempre va acompañado de actos concretos. Por muy elocuentes que sean nuestras palabras, si no atendemos a las necesidades de quienes nos rodean, no podemos decir que imitamos el amor de Jesús”.

En Lucas 22:14-20 se describe cómo, antes de padecer, Jesús deseó celebrar la Pascua con sus discípulos. Mientras repartía el pan y el vino, dijo: “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado”. El acto de “dar”, de “entregarse”, es un poderoso mensaje de amor. Así, el amor consiste en “entregar la propia vida”, y esta entrega se llevó a su plenitud en la cruz. Jesús pide que cada vez que participemos de la Cena del Señor recordemos su amor sacrificial. El pastor David Jang enseña: “Al tomar la Santa Cena, reflexionamos en cómo Jesús rasgó su cuerpo y vertió su sangre por nosotros. No es solo un rito, sino un llamado para que también nosotros nos sirvamos mutuamente”.

Así, la iglesia debe exhortar a los creyentes a vivir ese “amor hasta el fin” —que Jesús encarnó— y a llevarlo al mundo. Si la iglesia no practica este amor ni sigue el camino de Jesús, el evangelio se convierte en una consigna vacía para quienes nos observan. De hecho, en la iglesia primitiva, los discípulos compartían lo que tenían y atendían las necesidades de todos (Hch 2:44-45), y en medio de la persecución continuaron cuidándose mutuamente. Esa expresión de amor fue un poderoso testimonio que transformó el Imperio romano y evidenció el poder del evangelio. El pastor David Jang declara: “Hoy, la iglesia tiene la misma responsabilidad de demostrar con hechos el amor de Cristo al mundo. Es la manera de que el mundo reconozca que somos discípulos de Jesús”.

Por otra parte, basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de cuántas personas necesitan que alguien “les lave los pies”: pobres, enfermos, marginados, inmigrantes, personas con discapacidades… a menudo se nos hace fácil ignorarlos en el día a día. Esas personas son a quienes, sin duda, Jesús habría lavado los pies. Nosotros, en cambio, acostumbramos pensar: “Hay cosas más importantes” o “alguien más se encargará”. Sin embargo, el pastor David Jang advierte: “No es casualidad que Jesús haya vivido entre los marginados, publicanos, prostitutas, leprosos y enfermos, y que se acercara a ellos para sanarles. Así es el estilo de amor que se expresa en la cruz”. Por consiguiente, la iglesia y los creyentes debemos cambiar la pregunta: no “¿Quién me va a servir?”, sino “¿A quién puedo servir?”.

Para experimentar más profundamente el amor de Jesús que “ama hasta el fin”, hemos de abrazar una transformación en nuestra perspectiva escatológica y en nuestros valores. El pastor David Jang explica que “la llegada de los cielos nuevos y la tierra nueva implica la aparición de un mundo radicalmente distinto, un universo con valores completamente renovados”. Jesús anunció: “Los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”. En el mundo, subir en la escala del poder y del reconocimiento es lo que se considera éxito, pero en el reino de Dios es a la inversa: quien se humilla se eleva, y quien se entrega para edificar al otro recibe la mayor honra. El lavado de pies en Juan 13 es la demostración práctica de ese gran secreto del reino de Dios.

No debemos ver el sufrimiento únicamente como algo que causa temor; más bien, necesitamos descubrir en él el “misterio del amor” y, en medio de nuestras circunstancias, practicar el amor “hasta el fin”. El pastor David Jang insiste: “Aunque nuestra vida sea difícil, aunque nadie nos reconozca y, peor aún, aunque seamos perseguidos, no debemos abandonar nunca el camino del amor”. Esto se debe a que la gloria de la resurrección no se consigue simplemente “soportando” el sufrimiento, sino “llenándolo de amor”. Jesús, ante la traición de los discípulos y las burlas del mundo, se entregó por completo y eligió amar, y aquel amor lo condujo al poder de la resurrección. Lo mismo sucede con nosotros. Sin amor, el sufrimiento sería pura maldición; pero el sufrimiento abrazado por el amor encierra la semilla de la vida eterna.

El sufrimiento de Jesús no fue un simple sacrificio pasivo ni una circunstancia injusta, sino una demostración concreta y activa de su amor. El hecho de escoger la cruz, la forma más vergonzosa de ejecución, fue la manera de mostrar la insondable profundidad del amor de Dios hacia los pecadores. El pastor David Jang afirma: “La cruz es por entero amor. Y nosotros hemos sido llamados como testigos de ese amor, no solo para hablarlo, sino para encarnarlo en nuestra vida, ‘amando hasta el fin’ a ejemplo de Jesús”. Es cierto que amar conlleva sufrimiento. No obstante, precisamente en ese sufrimiento experimentamos la gracia de Dios y abrigamos la esperanza de la resurrección. Por eso la Cuaresma no debe ser un período de simple contemplación lejana o de compasión superficial hacia el dolor de Jesús, sino un tiempo para reflexionar y decidir “cómo vamos a practicar el mismo amor”.

En nuestro caminar de fe, a veces vivimos conflictos y heridas dentro de la propia iglesia. Surgen discusiones entre líderes y fieles, o entre los mismos creyentes, preguntándose quién tiene razón, quién merece más reconocimiento o quién debe ser atendido primero. Sin embargo, las palabras de Jesús para nosotros son: “Sed servidores los unos de los otros, lavaos los pies mutuamente”. Este mandato sigue vigente hoy. Cuando nos lavamos los pies los unos a los otros, cubrimos las faltas de los demás y nos servimos mutuamente, la iglesia se convierte de verdad en luz y sal en el mundo. El pastor David Jang enfatiza: “Solo cuando los creyentes viven como siervos en todas las áreas de su vida, el mundo ve a la iglesia y dice: ‘De veras, ellos son discípulos de Jesús’”. Esto implica que el ejemplo de Jesús lavando los pies a sus discípulos debe reproducirse también en nuestras comunidades actuales.

El amor siempre supone un sacrificio. En todo acto de alentar y levantar al prójimo se presenta, de una u otra manera, el sufrimiento. Sin embargo, ese sufrimiento no es “maldición”. Más bien puede convertirse en el mayor de los regalos de Dios, pues, a través de él, experimentamos más plenamente el amor de Jesús y la gracia que Él nos concede. Si sufrimos “por mí mismo, por mi ambición”, podemos cansarnos y frustrarnos. Pero cuando sufrimos “por amor”, descubrimos que ese sufrimiento se endulza. Este es precisamente el mensaje de Jesús. En Juan 13, al mostrar a un Señor que “ama hasta el fin”, Él encierra en ese amor la alegría, la gratitud y la esperanza de la resurrección. El pastor David Jang advierte que la iglesia de hoy corre el riesgo de perder fácilmente “el servicio y el amor” —asuntos que ni siquiera los discípulos aprendieron cabalmente tras años con Jesús—, y que, si no recuperamos esta esencia, la iglesia perderá su razón de ser y dejará de dar esperanza al mundo.

La actitud de Jesús en la Última Cena —Él amó a los discípulos hasta el fin, aun sabiendo que eran débiles y que lo abandonarían— es el modelo supremo para la iglesia y para los creyentes. El sufrimiento de Cristo es la culminación del amor, y su sacrificio es el fundamento de nuestra vida eterna. No se trata de recordarlo solo como un concepto, sino de reproducirlo en nuestra vida concreta, lavándonos los pies los unos a los otros con un corazón de siervo y con acciones de servicio. Solo cuando una comunidad cristiana se reúne alrededor de esta práctica, el mundo podrá ver que las palabras de Jesús —“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn 13:35)— son verdaderas.

El pastor David Jang comenta al respecto: “La cruz de Jesús y su sufrimiento expresan la voluntad divina de amar hasta el fin. Esa voluntad abrió la puerta a la vida eterna, y nosotros también debemos escoger el camino de amar hasta el fin”. Ciertamente, no es un camino fácil, pues el mundo nos incita constantemente a alimentar la ambición y el egoísmo. Pero contamos con el ejemplo de Jesús y la guía del Espíritu Santo. Si de veras nos aferramos a este amor y estamos dispuestos a convertirnos en siervos de los demás, la iglesia volverá a manifestar el poder de la cruz y proclamará con fuerza la esperanza de la resurrección. En el tiempo de Cuaresma y a lo largo de nuestro día a día, meditamos en el sufrimiento y el amor de Jesús, tal como el pastor David Jang nos anima a hacerlo, y decidimos ponerlo por obra. De ese modo, llegamos a ser verdaderos discípulos que lavan los pies de los demás y se asemejan al Maestro.

La frase de Juan 13:1, “los amó hasta el fin”, resume la senda que debe recorrer el cristiano en este mundo: un “camino de sufrimiento” y, a la vez, un “camino de amor”. El sufrimiento de Cristo es doloroso y trágico, pero, al mismo tiempo, es el más hermoso plan de Dios para la salvación del hombre, y la obediencia absoluta de Jesús. El pastor David Jang lo ha repetido en muchas de sus predicaciones y escritos: no debemos huir del sufrimiento ni temerlo, sino hallar en él la voluntad de Dios y la esencia de su amor, y seguir sus pasos. Solo así experimentaremos el poder de la resurrección, una nueva vida llena de gozo. Un sufrimiento sin amor podría conducirnos a la desesperación, pero un sufrimiento envuelto en amor abre la puerta a un misterio de vida. Este es el mensaje espiritual clave que deberíamos recordar en Cuaresma.

En primer lugar, debemos reconocer que el sufrimiento de Jesús supera lo meramente humano y expone el amor infinito de Dios. En su amor, “hasta el fin”, se hace evidente que el sufrimiento no es una maldición, sino el camino hacia la vida eterna. Participar de este sufrimiento es en realidad un privilegio y un don. En segundo lugar, es fundamental que el amor y el sufrimiento de Cristo se reproduzcan hoy a través de acciones concretas en la iglesia y en la vida de los creyentes. Cuando seguimos el ejemplo de Jesús lavando los pies y amamos hasta el fin, entonces el mundo descubre en la iglesia la esperanza de la resurrección. Este es el mensaje que el pastor David Jang proclama sin cesar. Así como leemos en Juan 13: “los amó hasta el fin”, nosotros también debemos persistir en el amor, con humildad y en actitud de servicio, testificando el reino de Dios aquí en la tierra.

Todo esto surge del acontecimiento en que Jesús, durante la Última Cena, respondió al afán de grandeza de sus discípulos con un acto de servicio: tomó la forma de siervo. Poco después, fue clavado en la cruz para abrir el camino de salvación a la humanidad. Esa cruz entraña sufrimiento, pero también la proclamación del amor más grandioso. Por ello, durante la Cuaresma y en toda nuestra vida de fe, el pastor David Jang insiste en este mensaje: “La cruz es sufrimiento, pero no una maldición; es amor”. Si meditamos profundamente en esto y escogemos vivir “amando hasta el fin”, comprobaremos que el amor no se queda en palabras, sino que se traduce en hechos concretos de servicio y humildad. Aunque el camino sea estrecho y difícil, cuando seguimos el ejemplo de Jesús, experimentamos un gozo y una esperanza de resurrección que el mundo no puede darnos. Roguemos para que la proclamación “los amó hasta el fin” resuene en nuestra vida y en nuestras comunidades hoy mismo.

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